Más allá de oír: Cómo recibir verdaderamente la Palabra

Por Gregory Toussaint | 9 de febrero de 2026

En la cúspide de esta reunión se encuentra la lectura y la enseñanza de la Palabra de Dios. Sin embargo, ¿con qué frecuencia nos encontramos simplemente oyendo las palabras sin recibirlas verdaderamente? Existe una profunda diferencia entre ambas, una diferencia que puede determinar si salimos de un servicio con las manos vacías o espiritualmente transformados.

Recibir verdaderamente la Palabra de Dios es ir más allá de la escucha pasiva a un compromiso activo y sincero. Desbloquear una conexión más profunda y significativa con el mensaje divino implica tres secretos esenciales: respetar la Palabra, recibir la Palabra y responder a la Palabra.

El fundamento: el respeto por la Palabra

Antes de poder recibir, primero debemos respetar. El respeto es la actitud fundamental que debemos cultivar. Cuando se lee o se enseña la Palabra de Dios, no es momento para distracciones, conversaciones privadas o navegar por nuestros teléfonos. Es un momento que exige nuestra atención total y absoluta. Un gesto de respeto simple pero profundo, como se destaca en Nehemías 8:5, es ponerse de pie cuando se lee la Palabra. Así como nos ponemos de pie cuando un juez entra en una sala de audiencias o un presidente entra en una habitación, este acto de ponerse de pie significa nuestra reverencia por la presencia de Dios mismo, que se manifiesta en Su Palabra.

"Y Esdras abrió el libro a los ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie." (Nehemías 8:5, NVI)

Este acto físico de ponerse de pie es más que una simple tradición; es un poderoso recordatorio para nuestros propios corazones y mentes de que estamos en la presencia del Santo. Nos prepara para recibir el mensaje que está a punto de ser entregado, cambiando nuestra postura de observadores pasivos a participantes activos.

El meollo de la cuestión: Recibir la Palabra

Una vez que se establece un fundamento de respeto, el siguiente paso es recibir activamente la Palabra. Existe una distinción crucial: oímos con nuestros oídos, pero recibimos con nuestro corazón. Es totalmente posible sentarse durante un servicio, oír cada palabra y, sin embargo, salir sin cambios porque el mensaje nunca penetró en nuestro corazón. Para salvar esta distancia entre el oír y el recibir, se deben cultivar cuatro cualidades clave.

1. Recibir con hambre

Mateo 5:6 nos dice: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados". Esta hambre espiritual es el primer secreto para recibir la Palabra. Cuando venimos a un servicio con un profundo deseo de escuchar a Dios, creamos un vacío espiritual que atrae la unción del cielo. Esta hambre no es un estado pasivo, sino una preparación activa del corazón. Comienza el día anterior, mientras oramos y le pedimos a Dios que nos hable. Cuando llegamos con este sentimiento de anticipación, estamos preparados para recibir y no nos iremos con las manos vacías.

2. Recibir con atención

En un mundo lleno de distracciones, la concentración es un bien preciado. Cuando se predica la Palabra, debemos estar "embelesados", como describe Lucas 19:48 a la multitud que escuchaba a Jesús. Esto significa dejar de lado intencionalmente los pensamientos sobre nuestras facturas, nuestro trabajo, nuestras luchas personales y el atractivo interminable de las redes sociales. Al prestar nuestra atención indivisa al mensaje, creamos un canal claro para que la Palabra entre en nuestros corazones y mentes. Esta intensa concentración permite que el mensaje resuene profundamente en nosotros, en lugar de rebotar en una mente preocupada.

3. Recibir con placer

También es vital encontrar deleite en la Palabra. Marcos 12:37 señala que "la gran multitud le escuchaba con deleite". Para aquellos que son verdaderamente bendecidos, la Palabra de Dios no es algo que se soporta, sino algo que se disfruta. Cuando nos acercamos a la enseñanza con un sentimiento de placer y anticipación, nuestros corazones están más abiertos y receptivos al mensaje que se comparte.

4. Recibir con fe

Finalmente, debemos recibir la Palabra con fe, no solo en el mensaje sino también en el mensajero. Los tesalonicenses proporcionan un modelo para esta actitud. Recibieron el mensaje "no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes" (1 Tesalonicenses 2:13, NVI). Cuando vemos al predicador como un vaso escogido por Dios para hablarnos, es menos probable que nos quedemos atrapados en la crítica de la entrega y más probable que recibamos la impartición divina. La Palabra de Dios no es meramente información; es un conducto para la gracia que transforma la vida, y la fe es la llave que libera su poder.

La respuesta activa: responder a la Palabra

El secreto final para recibir verdaderamente la Palabra es responder a ella. Esta respuesta no es un reconocimiento pasivo, sino un compromiso activo y multifacético de todo nuestro ser.

1. Tu voz

Una de las formas más poderosas de responder es con nuestra voz, diciendo "Amén". Esta simple palabra es un acto de adoración a Dios, un acto de consentimiento a la Palabra que se habla y un acto de aliento para el predicador. Incluso hay diferentes tipos de "Amén" para diferentes estaciones: un "Amén" corto para acortar una estación difícil, un "Ameeeeeén" alargado para prolongar una estación de bendición y un "¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!" repetido para multiplicar las bendiciones en nuestras vidas.

2. Tu cuerpo

Nuestros cuerpos también pueden ser instrumentos de respuesta. Nehemías 8:6 describe al pueblo levantando las manos, inclinando la cabeza e incluso postrándose en adoración. Estas posturas físicas no son gestos vacíos; son expresiones externas de una realidad interna de reverencia y sumisión. Incluso el acto de ponerse de pie, mientras el Espíritu se mueve, puede ser una respuesta poderosa a la Palabra.

3. Tu voluntad

En última instancia, la respuesta más importante es el compromiso de nuestra voluntad. Después del sermón de Pedro en el día de Pentecostés, la multitud se "compungió de corazón" y preguntó: "Varones hermanos, ¿qué haremos?" (Hechos 2:37, NVI). Esta pregunta es la culminación de todo el proceso de recepción de la Palabra. Nos mueve del ámbito del oír y el sentir al del hacer. La verdadera prueba de si hemos recibido la Palabra es si cambia nuestra forma de vivir. Como nos recuerda Josué 1:8, es en el hacer la Palabra que encontramos la prosperidad y el éxito.

Preguntas de discusión

  1. Se hace una distinción entre oír con los oídos y recibir con el corazón. ¿Puedes recordar un momento en que un mensaje pasó de tu cabeza a tu corazón? ¿Cómo fue esa experiencia?

  2. Decir "Amén" es un acto de adoración, consentimiento y aliento. ¿Cómo impacta tu participación vocal (o la falta de ella) en un servicio tu propia experiencia y la de quienes te rodean?

  3. La respuesta final a la Palabra es preguntar: "¿Qué haremos?". Piensa en el último sermón que escuchaste. ¿Qué medida práctica podrías haber tomado en respuesta al mensaje?

  4. Hay diferentes tipos de "Amén" para diferentes estaciones. En tu estación actual de la vida, ¿qué "Amén" resuena más contigo y por qué?

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